“Valiente no es aquel que no teme. Valiente es quien teme y se atreve.”
Somos muchos, muchísimos, los que tenemos miedo o los que hemos vivido de su mano durante algún tramo de nuestra vida, y no me refiero al miedo más fóbico, sino al más cotidiano, al más “común”. Es evidente –y así lo ejemplifica la historia– que la sociedad occidental –la nuestra– ha sido educada para convivir con él como lo ha hecho con otros “males menores” como el tabaco, con el que hemos aprendido a mantener una relación de dependencia social –además de física–. Es decir, por un lado lo vendemos y nos nutrimos de los impuestos que aporta a nuestros gobiernos y por otro le hacemos la guerra por pernicioso y letal. Y es que el miedo es así: social y físico, global e individual. Como el tabaco, se fomenta y se estigmatiza, y como el tabaco, se aspira activa o pasivamente. Ambos comparten asimismo efectos y síntomas: ennegrecen, paralizan, atacan el sistema inmunitario, desestabilizan… Pero no es este el momento de hablar del tabaco ni de las adicciones “permitidas”, sino del miedo y de sus cómos, esas preguntas que tanto necesitamos ver respondidas para poder empezar a reaccionar, para actuar.






