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	<title>Inteligencia Emocional y Social &#187; intuición</title>
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	<description>Descubre cómo gestionar el capital básico de las emociones</description>
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		<title>Un faro que no descansa</title>
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		<pubDate>Mon, 08 Feb 2010 10:42:43 +0000</pubDate>
		<dc:creator>ALEJANDRO PALOMAS</dc:creator>
				<category><![CDATA[Uncategorized]]></category>
		<category><![CDATA[dolor]]></category>
		<category><![CDATA[fibromialgia]]></category>
		<category><![CDATA[intuición]]></category>
		<category><![CDATA[Síndrome de Fatiga Crónica]]></category>

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		<description><![CDATA[Mi intervención nace de una entrevista que leí hace unos días en la sección de &#8220;La contra” del periódico La Vanguardia (la entrevista está disponible para suscriptores del diario en este link y, apartir del 27/02/10, su lectura será libre para todos los internautas). El entrevistado era John Eaton, creador del método Reverse Therapy para [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Mi intervención nace de una entrevista que leí hace unos días en la sección de &#8220;La contra” del periódico <em>La Vanguardia</em> (la entrevista está disponible para suscriptores del diario en <a title="ir a la web de La Vanguardia" href="http://hemeroteca.lavanguardia.es/dynamic/preview/80510637/pdf.html" target="_&quot;blank&quot;">este link</a> y, apartir del 27/02/10, su lectura será libre para todos los internautas). El entrevistado era John Eaton, creador del método <a title="más información" href="http://www.reverse-therapy.es/como_se_desarrollo_reverse_therapy-rt-2-10.htm" target="_blank"><em>Reverse Therapy</em></a> para el tratamiento de enfermedades autoinmunes, entre ellas el Síndrome de Fatiga Crónica (SFC) y la Fibromialgia, y el hecho de que no pueda dejar de escribir sobre lo que leí se anuncia ya en el titular de la entrevista, que reza así: “Tras todo síntoma subyace una emoción ignorada” y se debe también a la particularidad de que el texto se centre en una enfermedad que conozco de primera mano (el Síndrome de Fatiga Crónica).<br />
<span id="more-198"></span></p>
<p>Sí, soy una de las miles de personas que engrosan –o han engrosado– el 0,5% de la población general que lo padece (para más información sobre el SFC y la fibromialgia recomiendo consultar <a title="ir al site" href="http://www.institutferran.org/fatiga_cronica.htm" target="_blank">este site</a>).</p>
<p style="text-align: center;"><img class="aligncenter" src="http://www.inteligenciaemocionalysocial.com/wp-content/uploads/2010/02/201002081.jpg" alt="" width="648" height="486" /><span style="color: #999999; font-size: xx-small;"><em>(Imagen: Bruno Ferreira, del blog <a title="ir al blog" href="http://brunoferias.blogspot.com/2008/11/la-solitaria-luz-que-espera.html" target="_blank">Brunoferías</a>).</em></span></p>
<p>Hay dos cosas que me llaman la atención de la entrevista y que creo que deberíamos recuperar aquí, en este espacio de voces dedicado a los que navegamos atentos a las señales, a los mensajes y a las herramientas que nos regala el acercamiento a la emoción. Como yo, son muchos los que experimentan una cronificación del dolor físico en la edad adulta (enfermedades que aparecen sin explicación aparente y que se instalan en nuestra vida, reclamando atención a través del dolor) y la medicina (esto es, la medicina convencional) no siempre se atreve a dar respuestas a lo que no puede comprobar científicamente. Las enfermedades autoinmunes son eso: enfermedades en las que el sistema inmunitario decide “hacerse daño”, muchas veces sin razón científicamente demostrable. Si no hay razón, no hay cura, y si no hay cura, hay “cronificación”. En otras palabras, se nos condena a sufrir dolor porque no hay un motivo aparente que lo cree. O, lo que es lo mismo, se nos condena a vivir en el dolor físico porque la medicina sigue –en muchos casos– sin dar crédito al poder que tiene la emoción en la alteración de la realidad física del organismo.</p>
<p>John Eaton no solamente habla del valor de la inteligencia emocional en la curación, sino que menciona algo que sin duda provoca aun mayor desconfianza en los estamentos médicos y que, curiosamente, en mi caso en particular, trajo consigo la práctica sanación de mi enfermedad: la intuición y la revisión emocional.</p>
<p>En 1999 la enfermedad cayó sobre mí como un obús y tuve que parar de golpe porque mi cuerpo se negó a seguir adelante. En ese momento creí morir. De pronto me vi obligado a enfrentarme a una serie de retos que desde niño había aprendido a sortear porque me había criado en su negación: la dependencia, el valor de pedir ayuda, la capacidad de recibir la generosidad ajena y decenas de otras que aprendí a ver y a valorar durante la primera fase de convivencia obligada con el síndrome. Durante años, me enfrenté a la enfermedad como quien se enfrenta a una injusticia y perdí porque luchaba sin ver, sin escuchar, sin leer. Porque <strong>luchaba con la cabeza,</strong> intentando entender con el intelecto, jugando a ser mi propio médico y buscando al culpable de todos mis síntomas, de mi “mala suerte”. Buscaba a un culpable, sí, confundiendo culpabilidad con responsabilidad (La culpabilidad pide castigo –es decir, provoca la involución-, la responsabilidad pide toma de conciencia –es decir, provoca la evolución-), limitado por el dolor.</p>
<p>Todo cambió un día de junio durante uno de mis ingresos en una clínica de Barcelona. Y todo gracias a una asistente de enfermería que supo escuchar lo que yo apenas sabía decir. Antes de marcharse de la habitación con la bandeja de la cena, puso su mano en la mía y me preguntó. “¿Necesitas algo?” Yo estaba ya tan cansado y tan abatido que intenté bromear con ella y respondí: “Un poco de luz”. Ella sonrió y me apretó la mano. Luego dijo: “Te duele el cuerpo porque quieres ver la luz con los ojos, pero la luz que tú buscas solo se ve cuando los cierras”. No supe qué decir. Ella fue hacia la puerta y, antes de salir, añadió: “El dolor es la voz del cuerpo. Escúchala en vez de maldecirla porque seguro que intenta decirte algo. Cuanto más te empeñes en no oírla, más gritará. Cuando te atrevas a oír lo que tiene que decirte, llegará el silencio. Y, con el silencio, también esa luz que pides.”</p>
<p>Hubo algo en las palabras de esa mujer que me llegó al <strong>fondo de la intuición.</strong> Decidí no olvidarlas y desde ese momento empecé a vivir todos los brotes de Síndrome de Fatiga Crónica como si fueran pequeños plazos en los que dedicarme en exclusiva a oírme, a observarme, pero no con el intelecto, sino con la emoción. Costó. Mucho. Y dolió más aun. Costó entender que vivía desde el miedo. Costó enfrentarme a la pobre imagen que atesoraba de mí. Costó aceptar años y años de maltrato autoinfligido. Costó admitir el error. La imperfección.</p>
<p>A medida que fue haciéndose el silencio, llegó la luz y la enfermedad fue perdiendo voz. Los brotes se distanciaron y menguó su intensidad. Mi cuerpo dejó de gritar. La emoción tendió un puente desde el físico hacia el intelecto y la intuición empezó a hacerse valer, guiándome hacia allí donde hay responsabilidad y no culpabilidad, toma de conciencia y no castigo. Hacia donde hay una luz que no se ve con los ojos.</p>
<p>Esa es la luz que no descansa, el breve parpadeo de un faro que a mí me iluminó desde los ojos de una desconocida en la habitación de una clínica una noche de junio y que llegó para sanar. Esa luz existe y está en cada uno de nosotros. Esperando. Atenta. Paciente.</p>
<p style="text-align: right;">Alejandro Palomas</p>
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