Autor: ELSA PUNSET 26 abril 2010

Acabo de regresar de Barcelona, del día de Sant Jordi, la fiesta en la que todos se regalan una rosa y un libro. Allí compré dos enormes rosas de peluche en un puesto callejero para mis dos pequeñas. Las rosas parecían sacadas de una escena de Alicia en el país de la Maravillas. Las arrastré con determinación, alzándolas por encima del mar de cabezas mientras labraba mi camino entre la muchedumbre tras mi editora, camino de las casetas. “¿Por qué compras rosas de peluche?” me recriminaron a gritos algunos de los vendedores de rosas frescas. Es fácil: me encantan las flores, pero no me gusta verlas morir. Y hubiesen muerto mis dos rosas en el último AVE de regreso a medianoche, de no haber sido tan clamorosamente falsas…