Imagina un limón, redondo y amarillo; y ahora, tras cortarlo en trozos jugosos, llévate uno a la boca. Cuando practicamos esta sencilla visualización, la boca se llena de saliva. Es una forma sencilla de comprobar el impacto de la mente sobre el cuerpo.
Algo así viví yo hace algún tiempo con Alex, mi hija mayor, que desde hacía tiempo se quejaba, de forma regular e intermitente, de que le dolía la tripa. Visitamos al pediatra, hicimos las pruebas de rigor para intentar encontrar una razón a un dolor que parecía recrudecerse sin previo aviso y sin causa aparente, para luego desaparecer durante un tiempo. Empezaba a desesperarme el tema porque no respondía ni a un cambio de dieta ni a la medicación. Descartados a priori las causas médicas más probables, decidí que tal vez el origen fuese psicosomático. Y de forma intuitiva empezamos a practicar, por las noches, antes de dormir, ejercicios de visualización de unos 5 o 6 minutos para intentar abordar de forma constructiva lo que tal vez respondía a una forma inconsciente de expresar miedo o ansiedad. Y efectivamente, en pocas semanas desaparecieron casi por completo los dolores de tripa. Hoy en día, cuando algún dolor de tripa todavía amenaza, es la propia Alex la que sabe cómo reaccionar para desactivarlo: ha aprendido a reconocer que el miedo o la ansiedad -algo que habita en su cabeza- pueden causarle síntomas extraños y dolorosos. Este aprendizaje, sencillo y natural, forma parte de su creciente capacidad de gestión emocional.